miércoles, 18 de abril de 2012

23 de abril: un libro y una rosa.

El legado de la memoria.
Tengo que escribir y describir las emociones que siento, para que algún día la memoria las pueda reconocer una y otra vez.
Si al pasar por esa calle estrecha y empedrada, secreta en sus recodos llenos de asombro y de misterio, a un lado el muro fragmentando en numerosas ventanas pintadas del color del vino tinto añejo y al otro lado el muro blanco, escultórico, rematado con un pequeño alero de teja morisca y solo un pequeño hueco recortado en la cal, un umbral muy alto y una desvencijada puerta de madera. Si abro los brazos, las palmas de mis manos pueden extenderse sobre los fríos paramentos de una tarde de abril.
La emoción tiene su origen en la contemplación de cuatro rectángulos de luz sobre el muro blanco bajo la mortecina claridad violácea del crepúsculo, cuatro recuadros de luz proyectados desde una ventana pequeña del largo muro lleno de ventanas oscuras.
En algún momento de la Historia, un hombre inventó unos signos y enseñó a otros el arte de interpretarlos, para poder dejar su memoria como legado, un legado que no fuera tan efímero como una palabra sostenida en el viento.

                        Antonia Toscano López

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