miércoles, 5 de junio de 2013

Antonio Muñoz Molina, premio Príncipe de Asturias.

EL JURADO HA COMUNICADO ESTE MIÉRCOLES EL FALLO A FAVOR DEL NOVELISTA Y ENSAYISTA

Antonio Muñoz Molina, Premio Príncipe de Asturias de las Letras

El autor de El invierno en LisboaBeltenebrosSefarard, El jinete polaco o La noche de los tiempos será condecorado como Premio Príncipe de Asturias de las Letras de la XXXIII edición a lo largo del miércoles. Así lo ha podido saber este periódico, gracias a fuentes cercanas a la organización del galardón. El jurado, reunido en Oviedo, considera que el escritor Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956), dos veces Premio Nacional de Narrativa, valoró la envergadura de los autores internacionales que optaban a la distinción (entre ellos se subrayó a John Banville Haruki Murakami), pero terminaron por ceder al peso intelectual del escritor español, con el que se rompe la racha de 15 años sin presencia nacional, después de Francisco Ayala.
El académico –ocupa el sillón u de la RAE- se considera un ciudadano y autor “enfermo de pasado”, que para escribir una novela lee con más atención los periódicos de 1936 que los actuales. Defiende el acto de la lectura como acto político. Muñoz Molina, exdirector del Instituto Cervantes de Nueva York, es de los primeros en despertar de la inflación de silencio que mantiene a este país ciego en las tinieblas dictatoriales, pero también es de los pocos que reconoce haber bajado la guardia ante el despropósito que aceleró el derrumbe de nuestros días.  
El Príncipe de las Letras recae sobre quien pide responsabilidad al ciudadano y al escritor, pero sobre todo al político para que dote a su pueblo de un sistema educativo que fortalezca las mejores capacidades del mayor número de personas, sin sitio para la autoindulgencia, la conformidad y el halago. Letras contra la tendencia nacional “a la simplificación y al banderismo”.
Un escritor atento
“Nada es tan sólido que no pueda desvanecerse mañana mismo en el aire. Nada es tan inverosímil que no pueda suceder”, escribe el novelista y ensayista en las tripas de su último libro, Todo lo que era sólido (Seix Barral). Este ensayo es una crónica que avanza con profundidad por el desastre que nos ha tocado vivir estos días. Revisa los orígenes con un gesto urgente para dar luz a los acontecimientos que cuestionan el bienestar y la buena marcha de este país. Lo que tenemos es mucho más frágil de lo que creíamos y puede desaparecer en cualquier momento.
Es la última muestra de un escritor comprometido con su mundo, aunque él mismo reconoce que este ejercicio inesperado le abrió los ojos y le sacó de su terreno de juego habitual: los desperfectos del pasado español más sangriento. Su especialidad es el oído y la recuperación del testimonio de una época que no descansa en paz aunque nos empeñemos en dormirla. El acto reflejo del escritor andaluz le hace estar atento siempre, toque el género que toque, sus pesadillas recurrentes: identidad, diferencia, decadencia y pasado de una España democrática que todavía está en construcción.
Y como el menú de la experiencia de la lectura tiene diversos placeres, Muñoz Molina también es un especialista en el género chico de la prosa: el relato corto. Buena prueba de ello es la compilación Nada del otro mundo (Seix Barral). Suele recordar una definición que escuchó a otro fuera de clase del género, José María Merino:“Un cuento es algo que empieza pronto y termina enseguida”. Todos los problemas que se plantea un novelista los tiene el escritor de un cuento: punto de vista, arranque, final, el tiempo, la voz, el equilibrio entre lo que se dice y lo que no… En su memoria de lector, El nadador de John Cheever tiene un lugar privilegiado. Nunca olvida tampoco a Juan Eduardo Zúñiga y su Largo noviembre de Madrid, que considera un libro de una belleza y una verdad fuera de lo común, con una unidad interior en todos los cuentos que lo forman.
La escritura compartida
Como articulista es uno de los críticos más amargos con la situación por la que atraviesan los periódicos, que “creen que a sus lectores no les gusta leer”. La lección –tal y como la explica el propio Muñoz Molina- es la siguiente: si tienes una bodega de vino y enfocas tu producción a la gente que bebe Coca-Cola, el batacazo está garantizado. Puede que el vino no tenga tantos aficionados como el refresco, pero hay suficiente gente a la que le gusta como para sobrevivir escribiendo noticias.
Es Muñoz Molina fiel a la escritura como tarea compartida en la que colaboran muchos otros agentes además del escritor. Él tiene su proceso de corrección una vez ha finalizado el manuscrito. Esa parte es muy larga y suele dedicarle mucho tiempo y atención. Y a pesar de ello reconoce que es insuficiente, que necesita una persona cualificada y cercana a él que lea lo que ha escrito y le dé un consejo que atenderá antes de que el libro se publique. Se refiere a su esposa, la novelista Elvira Lindo. Pero no sólo ella: “Necesito también un editor cualificado, con afición por la literatura, y un corrector con entrenamiento muy específico”.
Es el camino del texto literario, que pasa por varios filtros hasta llegar a su forma depurada. Por eso suele rechazar la palabra “creador” para definirse, porque el suyo es un trabajo que no lo vive en solitario. Los cuidados del texto son ajenos al autor, y eso en la nueva era de la autoedición de Amazon es toda una reivindicación para no olvidarse de la calidad.
El jurado, presidido por el director de la RAE, José Manuel Blecua, y formado por Luis María Anson, Carmen Riera, Andrés Amorós Guardiola, Xuan Bello Fernández, Amelia Castilla Alcolado, Juan Cruz Ruiz, Luis Alberto de Cuenca, José Luis García Martín, Álex Grijelmo García, Manuel Llorente Manchado, Rosa Navarro Durán, Fernando Rodríguez Lafuente, Fernando Sánchez Dragó, Diana Sorensen, Sergio Vila-Sanjuán y José Luis García Delgado concederá el galardón a un escritor que reconoce en la necesidad de contar y escuchar el universal humano con el que dar sentido al mundo mediante el relato.
Nuestros actos hablan por nosotros de una forma mucho más verdadera que nuestras palabras. Las palabras son gratis y su sonido no varía si se están usando para mentir o para decir la verdad”, escribe en Todo lo que era sólido. Seguimos enfermos de palabras.