lunes, 21 de mayo de 2012

Rilke y la "ciudad soñada"









Un hombre pasea por Ronda, se asoma a los vértigos del Tajo, se estremece con los matices de la luz, reconoce las sombras huidizas de las montañas. Rilke recorre Ronda un día de diciembre de 1912 y descubre jardines dormidos. La ciudad malagueña se incorpora a su inventario de paisajes del asombro, un escenario donde encuentra el alma española. Por fin "la ciudad soñada"...




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(Rilke, evocaciones desde Ronda Diario “El mundo”. Martes 08/05/2012 Eva Díaz Pérez | Sevilla)


Lo que pudo ver Rilke desde su mirada de poeta de esta ciudad expuesta sobre su escenario de piedra con el telón de un cielo mágico de luces de fondo, era una utopía difícil de conservar en la realidad ante la especulación inmobiliaria que estaba ya, desde hacía años, cerniéndose sobre la ciudad como los buitres en torno a un ser moribundo.


 El programa cultural 'Ronda y Rilke' organizado por la Fundación Unicaja Ronda, con la colaboración del Ayuntamiento de la Ciudad del Tajo, incluye diversas actividades poéticas, como una jornada dedicada a la poesía con la participación de destacados poetas, una actividad de lectura compartida entre personas mayores y escolares, así como una exposición en la que se recreará la habitación de Rilke durante su estancia en Ronda, en el Hotel Reina Victoria de Unicaja, y que contendrá además diversa documentación y obras pictóricas.
   Con esta celebración, la Fundación "reanuda su compromiso" con el reconocido poeta checo recogiendo el testigo del homenaje que la entidad financiera tributó a Rilke en 1966, y que constituyó un referente en España al ser una de las primeras aproximaciones de España a este poeta.
   El programa, presentado este lunes, pretende recordar y homenajear al poeta, natural de Praga, Rainer María Rilke, por cumplirse 100 años de su estancia en Ronda, concretamente en el Hotel Reina Victoria, en la habitación 208 donde mantenía correspondencia con sus amigos y editores "a los que hablaba continuamente de la asombrosa ciudad que había descubierto en España".
   "He buscado por todas partes la ciudad soñada, y al fin la he encontrado en Ronda. No hay nada más inesperado en España que esta ciudad salvaje y montañera", fueron algunas de sus palabras en referencia a la localidad rondeña.
   Rainer María Rilke, considerado el poeta por excelencia del siglo XX en lengua alemana y uno de los más importantes e influyentes poetas modernos, después de largos paseos por Ronda y sus alrededores, consiguió reanudar su tarea poética, "tras una etapa de seria dificultad creativa", con la composición de La Trilogía Española, la continuación de una parte de la Sexta Elegía de Duino, y una serie de poemas entre los que cabría destacar el que compone El Ángel.

PROGRAMACIÓN

   El contenido del programa conmemorativo 'Ronda y Rilke' se ha iniciado con la presentación de las bases del XXVII Premio Unicaja de Poesía, abierto a la participación de todo el público que presente sus creaciones poéticas escritas en lengua castellana.
   En junio se celebrará una lectura compartida entre miembros de la residencia de mayores Parra Grossi de Unicaja, escolares del colegio Fernando de los Ríos de la Obra Social de Unicaja y la Escuela Oficial de Idiomas rondeña.
   En septiembre tendrá lugar la exposición 'Un siglo de huéspedes en Ronda. La huella de Rilke', en el Convento Santo Domingo, que acogerá los fondos pictóricos del Hotel Reina Victoria, que muestran distintos paisajes de Ronda y su comarca, así como una recreación de la habitación 208 del hotel, en la que se alojó Rilke, con el material que se conserva de 1912, cuando el poeta permaneció y trabajó en la ciudad rondeña. La exposición se completará con diversa documentación del homenaje que se hizo al poeta checo en 1966 en el que participaron escritores de renombre.
   También en ese mes habrá un encuentro literario con la participación de los poetas Félix Grande --Premio Nacional de Poesía 1978 y Premio Nacional de las Letras Españolas 2004--, Francisca Aguirre --Premio Nacional de Poesía 2011-- y José García Pérez --presidente de la Asociación Colegial de Escritores de Andalucía--.
   En octubre de 2012 se clausurará el Año Rilke con la colocación de una placa conmemorativa del centenario en la habitación número 208 del Hotel Reina Victoria de la Fundación Unicaja Ronda, donde se encuentra el Museo-Biblioteca de Rainer María Rilke.

100 años de la muerte de Bram Stoker


Enlace:


Drácula llora a Bram Stoker
Se cumplen 100 años de la muerte del escritor irlandés, creador del mito del vampiro

"Strigoi, strigoi, strigoi...", susurraba hace hoy 100 años Bram Stoker. Podía ser fruto del delirio o tal vez sea una leyenda enriquecida por el paso del tiempo, pero el autor de Drácula falleció señalando —según atestiguaron sus amigos presentes— algo en un rincón de la habitación de la pensión londinense en la que pasó sus últimos días. Strigoi, en rumano, significa espíritu maligno. Una expresión final demasiado perfecta para ser pronunciada por el creador del mito moderno del vampirismo (algo parecido se cuenta de Bela Lugosi, el primer gran Drácula del cine, del que se decía paseaba por la residencia de ancianos buscando cuellos que chupar).

El irlandés Bram Stoker (1847-1912) no será recordado como un gran escritor. Rodrigo Fresán, autor de prólogo a la edición de 2005 de Mondadori de la novela, comenta: "Stoker es muy mal escritor, un ejemplo clásico de creador flojo —no hay más que leerle en su inglés original— que de repente crea una obra genial". Enrique Vila-Matas apunta en esa dirección: "Seiscientas páginas y el conde solo sale en unas quince. Al estilo de El corazón en las tinieblas, de Joseph Conrad, se crea un espectáculo alrededor de un personaje que aparece muy poco. Es más interesante y fascinante el ambiente que lo que ocurre. La narración conduce al personaje. En cambio, creó el vampiro moderno. Solo por eso merece nuestro respeto". Gonzalo Suárez, escritor y cineasta que en diversas ocasiones ha indagado en el ser y el otro, en la criatura y su creador (Mi nombre es sombra, Remando al viento), reconoce que Stoker le aburre. "Empecé a leerlo y lo dejé. Obviamente forma parte de la literatura victoriana, que sí me atrae. Pero el libro no desarrolla un carácter ontológico, juega más con el sadismo y la sangre. Todos tenemos un monstruo en nuestro interior, pero creo que justo en mí no hay de esa especie", reconoce entre risas.

Morded y multiplicaos (Un mito impulsor de la literatura)

Drácula — “novela radioactiva que enferma al resto”, según definición de Rodrigo Fresán— ha tenido todo tipo de continuaciones literarias, desviaciones a la ligera del mito original del vampiro que reguló Bram Stoker, y versiones cinematográficas y teatrales. Lógico, a pesar de su esquema basado en páginas de diarios y cartas entre los personajes, Stoker tenía como intención inicial escribir una obra de teatro. Más aún, poco después de publicar en 1897 la novela, su autor realizó una lectura dramatizada de Drácula. El manuscrito original, escrito a máquina y con innumerables correciones, desapareció durante décadas. En los ochenta sus 541 páginas fueron encontradas al noroeste de Pennsylvania, y en la portada, escrita a mano, aparecía su título original, Los no-muertos. Debajo, el nombre del autor, Bram Stoker. Está claro que el escritor decidió rebautizarla en el último segundo.
Hoy, entre Stephanie Meyer, Guillermo del Toro, Charlaine Harris o Anne Rice, hasta los descendientes de Stoker han sacado partido del conde. Su sobrino bisnieto Dacre Stoker, apoyado por un experto en el tema, Ian Holt, publicó en 2009 una continuación, Drácula, el no muerto, que aunque arrancaba con gracia, se perdían en un trama alocada y con guiños a otros clásicos como Jack el Destripador. Las cenizas de Stoker, que reposan en una urna junto a las de su único hijo, Irving Noel, en Londres, deben de revolverse de vez en cuando.
Entonces, ¿qué hizo bien Stoker? El escritor irlandés, criado entre libros y profesores privados por culpa de una enfermedad infantil, publicó muchos más cuentos, y ninguno tuvo la repercusión popular y artística de Drácula. "Claro", descifra Fresán, "porque existen novelas influyentes, que por su calidad crea escuela de escritores y de obras, y novelas radioactivas, que enferman a otros, que infectan y producen mejores herederos. El éxito de Drácula radica en un personaje fascinante". Su misma construcción, a base de trozos de diarios y cartas entre los personajes, ralentiza la trama: "Es la novela en la que más se escribe y se lee. Pero, ¿cuándo van a por el monstruo?", dice Fresán.

Bram Stoker publicó Drácula en 1897, y creó el personaje bebiendo de varias fuentes: primero, del personaje real de Vlad Draculea Vlad el Hijo del Demonio / Dragon, también conocido como Vlad Tepes el empalador; del actor Henry Irving, una estrella de la época, para el que Stoker trabajó durante 29 años como representante y secretario, y cuya enfermiza relación inspiró de lejos la película La sombra del actor; y de sus charlas con un extraño orientalista húngaro llamado Arminius Vámbéry con el que se entrevistó en diversas ocasiones (Vámbery también era muy imaginativo en sus leyendas sobre la Europa oriental, y su labia y su imaginación las engordaban a gusto del oyente que tenía en cada momento). Óscar Wilde dijo que Drácula era la obra de terror mejor escrita de todos los tiempos. Arthur Conan Doyle tampoco escatimó elogios. "Es que es muy de la época victoriana", según Fresán, "es el triunfo del gótico, de un terror que crea personajes como Frankenstein, el doctor Jekyll y Mister Hyde...". ¿También puede ser la venganza de un hombre que se siente vampirizado por otro? "Como libro, efectivamente, es muy transparente, ya que son los años del advenimiento del psicoanálisis". El subconsciente de los autores sale a borbotones. "Fíjate en este Drácula, en Peter Pan, en Sherlock Holmes...". Gonzalo Suárez recalca en ese grandioso momento literario británico: "Me atrae mucho ese género. Dio unas obras de ficción fascinantes, a diferencia de la española, más realista".

La triste vida de Stoker, que arrastra a su familia detrás de Irving, que no recibe ningún dinero cuando fallece el actor, y que muere pobre víctima de la sífilis que había contraído yendo de prostitutas con Irving en París, se ha prolongado en el tiempo. Vila-Matas estuvo en Dublín alojado a pocos metros de la casa donde durante décadas vivió Stoker: "La primera vez vi una placa, que recordaba su estancia. El mismo Oscar Wilde, primer novio de Florence, posterior esposa de Stoker, vivía a pocas manzanas. Años después volví y en lugar de la casa había una clínica de cirugía estética. De la placa, ni rastro". "A mí me entristece la deriva actual del personaje", comenta Fresán. "Eso de que vayan al colegio los vampiritos de Crepúsculo...". Algo que nunca hubiera ocurrido en la novela original. Como dice el viejo conde: "Yo pertenezco a un familia muy antigua y me moriría muy pronto si me viese obligado a residir en una mansión moderna. No busco ni la alegría ni el júbilo, y menos aún la felicidad que obtienen los jóvenes por un bello día de sol y el murmullo del agua".

Centenario de Lawrence Durrell


Enlace: http://bajavisibilidad.blogspot.com.es/2012/03/centenario-de-lawrence-durrell-un.html
Centenario de Lawrence Durrell: Un alejandrino en Corfú
Uno de los escritores más exitosos de la segunda posguerra, Lawrence Durrell, ha sido injustamente olvidado por el gran público. Su entonces célebre Cuarteto de Alejandría le puso a la cabeza de las apuestas para el Nobel en más de una oportunidad. Aunque por décadas fue diplomático británico, la leyenda dice que no tenía ciudadanía inglesa. Rechazaba a Inglaterra y amaba a Grecia más que a ninguna otra parte del mundo. El lunes 27 de febrero se cumplieron cien años de que nació en la India británica. A continuación un fragmento de la nota publicada por Roberto López Belloso en Brecha.

“Es abril y hemos tomado una vieja casa de pescadores en el extremo norte de la isla, Kalami. A diez millas por mar y unos treinta quilómetros por carretera desde la ciudad, ofrece todos los encantos de la soledad. Una casa blanca puesta como un dado sobre una roca venerable ya con las cicatrices del viento y el agua. La montaña sube hasta el cielo, detrás de ella (…) Esto ha venido a ser nuestro hogar no lamentado”.
No es abril de 1937 sino fines de agosto de 2011. La vieja casa de pescadores que menciona en La celda de Próspero ya tiene dos plantas. La segunda la hizo construir Durrel y ahora se alquila a seiscientos euros la semana. Los actuales inquilinos son una familia rusa que no tiene idea de quien era ese escritor en cuya mesa de trabajo amontonan las toallas y la ropa sucia, pero dispone del dinero para pagar por dormir al borde de un mar obscenamente cristalino. ¿Y los encantos de la soledad? Toda la isla parece haberse llenado de rusos últimamente, tanto que en varias tiendas hay carteles en cirílico. Sin embargo es cierto que acá, en este rincón alejado desde el que parece que puede tocarse Albania con los dedos, hay menos turistas que en el lado opuesto, el de las playas de arena que vuelven la espalda a los Balcanes y miran a Italia. La casa sigue siendo blanca y con forma de dado. En la planta baja viven los hijos de la familia que la habitaba cuando llegó Durrell. Fue una compra extraña. No les compró la casa propiamente dicha sino el derecho a construir en ella una segunda planta para sí. En la de abajo podrían seguir viviendo sus dueños originarios. Y ahí siguen. En el porsche han instalado un restorán en el que sirven el desayuno a los inquilinos y en el que también aceptan otros clientes. Está decorado con fotos del excéntrico escritor inglés que hizo de Kalami su “hogar no lamentado”.
Desde ahí, con 25 años, le escribió a Henry Miller: “¿Por qué toda esta angustia por el papel, la tinta, las palabras cuando la vida huye como un lebrel, y todo se siente con demasiada intensidad, con demasiada pasión para tratar de escribirlo? Entonces tomo el Van Norden (su pequeño barquito corfiota), levo las velas y huyo de mí mismo”.

La correspondencia entre los dos escritores continúa por años y a pesar de que Durrell las remite desde sus diferentes destinos (Buenos Aires, Belgrado, Chipre), siempre se regresa en ellas a Grecia. Veinte años después de que Durrell dejara la casa blanca, Miller la menciona de nuevo: “Y ahora te recuerdo en la terraza de tu casita de Corfú (foto), con tu cuaderno y tu lápiz, escribiendo, borroneando, corrigiendo, puliendo tu estilo, volviendo a escribir, escribiendo algo más, bañándote, bebiendo, cantando, riéndote, pero volviendo siempre al cuaderno y al lápiz. Se advierte claramente cómo has peleado para dominar el medio, y no sólo el medio sino el lenguaje mismo, el inglés, el inglés del rey. Ahora te leo con envidia”.
Para regresar a la ciudad hay que remontar la montaña que, efectivamente, sube hasta el cielo ya que la cuesta parece que no va a terminar nunca. Pero finalmente se llega a la ruta. La parada de ómnibus es un minúsculo refugio de lata y madera costanera: ilusoria protección contra los automóviles que toman esa curva como poseídos, incluso adelantándose unos a otros aunque no puedan ver lo que viene, en bajada, por el carril opuesto. Desde ahí el ómnibus pone casi una hora para llegar a Corfú Town, pero el paisaje en esa carretera marítima es de una belleza tal que dan ganas que el conductor derrape y se vaya a estrellar allá abajo en ese azul imposible. Por suerte no ocurre y la ciudad recibe con su arquitectura veneciana.

CORFU TOWN. “Las casas sobre el puerto viejo están elegantemente construidas en delgados peldaños con estrechas callejas y columnatas entre ellas; rojas, amarillas, rosadas, pardas: una mezcolanza de tonos pastel que la luna transforma en una ciudad deslumbradoramente blanca”.
A pocas cuadras del puerto viejo queda la iglesia de San Espiridón, el patrono de la isla. Los corfiotas cargaron su cuerpo desde Constantinopla y a cambio les salvó de la peste y de los turcos, más de una vez. Ya es de noche y la iglesia está a punto de cerrar, pero todavía puede entrarse y ver cómo queda desmentido el prejuicio de quien llega esperando encontrar una iglesia provinciana, folklórica. Los candelabros y lámparas de plata parecen tener el tono exacto para una iglesia en cuyo techo los frescos –aunque relativamente modernos- denotan la maestría de su factura. Pero es sólo el prólogo. La pequeña capilla en forma de cripta donde está el ataúd con las reliquias del santo emana una energía que no sólo proviene de la romería constante de fieles que van a besar su tapa plateada, sino también del carácter de gruta, de sus frescos enmohecidos, estos sí algo difusos por el tiempo, y de la línea tupida de lámparas que tiene encendidas a media altura. Las cosas siguen siendo como las vio Durrell hace tres cuartos de siglo: San Espiridón “yace en quietud hibernante en su ataúd ricamente labrado, cuyo caparazón exterior de plata está permanente empañado por el aliento de los fieles que se inclinan para besarlo. La oscuridad está llena de cálices y estandartes: todo el oropel de la decoración eclesiástica bizantina. Un estilo de arte que es literal más que figurativo: el santo tiene un verdadero nimbo de plata metido en el lienzo en torno a su cara oval de poseso. Ojos de oliva negra miran impenitentes desde todas las paredes”.

ALEJANDRIA. Cuando los nazis se adueñaron de Grecia tras la batalla de Creta, Durrell se evacua junto al ejército inglés hacia Alejandría. “Europa ha quedado detrás de nosotros”, escribirá más tarde sobre la ciudad donde conoce a Eve, una judía alejandrina que será su segunda esposa (foto). Se dice que en ella basó el personaje de Justine, la protagonista de El cuarteto de Alejandría. La ciudad se vuelve un lugar irreal, el fondo adecuado para una tetralogía pensada como “una investigación del amor moderno”. La obra es un mosaico de personajes, cuatro de los cuales dan nombre a sus partes, aunque hay otros, como Nessim, que son incluso más importantes en el desarrollo narrativo. Pese a esta multitud coral, el centro es siempre Justine, que “como todos los seres morales está en el límite de la diosa”. Tanto que “si nuestro mundo fuera un mundo de verdad, habría templos donde Justine podría refugiarse y encontrar la paz que busca”.
En una nota introductoria al segundo tomo, Balthazar, el novelista explica: “Como la literatura moderna no nos ofrece Unidades me he vuelto hacia la ciencia para realizar una novela como un navío de cuatro puentes cuya forma se basa en el principio de la Relatividad. Tres lados de espacio y uno de tiempo constituyen la receta para cocinar un continuo (…) Sin embargo las tres primeras partes se despliegan en el espacio (de ahí que las considere hermanas, no sucesoras una de otra) y no constituyen una serie. Se interponen, se entretejen en una relación puramente espacial. El tiempo está en suspenso. Solo la última parte representará el tiempo y será una verdadera sucesora”.
Pese a la influencia de Alejandría en la obra de Durrell, el Cuarteto no fue escrito en esa ciudad egipcia sino en Chipre. En diciembre de 1953, en otra de sus cartas a Miller, escribe: “Sigo adelante, literalmente palabra por palabra, con mi libro sobre Alejandría. Estoy cansado como un perro a la hora que llego a casa por las tardes pero todos mis momentos de vigilia le pertenecen, de modo que durante los fines de semana, cuando paso en limpio mis garabatos, suelo tener unas 1500 palabras. Me siento como una de esas máquinas para destilar agua: cae gota a gota, en contra de la fatiga física (…) Te estoy escribiendo a las 4.50 de la mañana. Un pálido amanecer malva en medio de un deslumbrante plenilunio. Fantasmagórico. Los ruiseñores cantan embriagados por las primeras lluvias. Todo húmedo de rocío. Dentro de un ratito sacaré el coche y me arrastraré por el camino hacia un amanecer que llega desde el Asia Menor como el Paraíso Perdido”.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 24-II-2012)

Cien años de un encuentro

El año 2012 se cumplen cien años del encuentro de Antonio Machado con Baeza y de esa ciudad con el poeta o, lo que es lo mismo, cien años de su vuelta a Andalucía tras su estancia familiar en Madrid, sus viajes a París y sus años de profesor en el Instituto de Soria. Dada la importancia que la estancia del poeta tuvo para la poesía española, esta convencional circunstancia se va a convertir en una fiesta de la cultura y en ocasión de celebración del poeta, de su encuentro con la ciudad y de su inagotable obra. Para ello, el Ayuntamiento de Baeza, en colaboración con otras instituciones locales, universitarias, autonómicas y nacionales, ha decidido promover a través de una comisión ciudadana una serie de actividades con las que celebrar este centenario, procurar la difusión de la obra del poeta, muy especialmente entre nuevos lectores, además de cultivar su memoria dado que ha sido ejemplo y lección tanto en el dominio de la creación literaria como en el plano de su responsabilidad civil. Por otra parte, esta celebración resulta necesaria ya que la estancia de Antonio Machado en Baeza provocó en él uno de los periodos más fecundos y profundos de su actividad literaria. El contacto con ese trozo andaluz de la realidad española dio como resultado una producción a todas luces importante, reconocida como tal por la generalidad de los críticos de Machado y, muy especialmente, por sus lectores.

Charles Dickens

http://www.dickens2012.org/

Celebración del 200 aniversario del nacimiento de Charles Dickens


El manuscrito de un loco[Cuento. Texto completo]Charles Dickens
¡Sí...! ¡Un loco! ¡Cómo sobrecogía mi corazón esa palabra hace años! ¡Cómo habría despertado el terror que solía sobrevenirme a veces, enviando la sangre silbante y hormigueante por mis venas, hasta que el rocío frío del miedo aparecía en gruesas gotas sobre mi piel y las rodillas se entrechocaban por el espanto! Y, sin embargo, ahora me agrada. Es un hermoso nombre. Muéstrenme al monarca cuyo ceño colérico haya sido temido alguna vez más que el brillo de la mirada de un loco... cuyas cuerdas y hachas fueran la mitad de seguras que el apretón de un loco. ¡Ja, ja! ¡Es algo grande estar loco! Ser contemplado como un león salvaje a través de los barrotes de hierro... rechinar los dientes y aullar, durante la noche larga y tranquila, con el sonido alegre de una cadena, pesada... y rodar y retorcerse entre la paja extasiado por tan valerosa música. ¡Un hurra por el manicomio! ¡Ay, es un lugar excelente!Me acuerdo del tiempo en el que tenía miedo de estar loco; cuando solía despertarme sobresaltado, caía de rodillas y rezaba para que se me perdonara la maldición de mi raza; cuando huía precipitadamente ante la vista de la alegría o la felicidad, para ocultarme en algún lugar solitario y pasar fatigosas horas observando el progreso de la fiebre que consumiría mi cerebro. Sabía que la locura estaba mezclada con mi misma sangre y con la médula de mis huesos. Que había pasado una generación sin que apareciera la pestilencia y que era yo el primero en quien reviviría. Sabía que tenía que ser así: que así había sido siempre, y así sería; y cuando me acobardaba en cualquier rincón oscuro de una habitación atestada, y veía a los hombres susurrar, señalarme y volver los ojos hacia mí, sabía que estaban hablando entre ellos del loco predestinado; y yo huía para embrutecerme en la soledad.
Así lo hice durante años; fueron unos años largos, muy largos. Aquí las noches son largas a veces... larguísimas; pero no son nada comparadas con las noches inquietas y los sueños aterradores que sufría en aquel tiempo. Sólo recordarlo me da frío. En las esquinas de la habitación permanecían acuclilladas formas grandes y oscuras de rostros insidiosos y burlones, que luego se inclinaban sobre mi cama por la noche, tentándome a la locura. Con bajos murmullos me contaban que el suelo de la vieja casa en la que murió el padre de mi padre estaba manchado por su propia sangre, que él mismo se había provocado en su furiosa locura. Me tapaba los oídos con los dedos, pero gritaban dentro de mi cabeza hasta que la habitación resonaba con los gritos que decían que una generación antes de él la locura se había dormido, pero que su abuelo había vivido durante años con las manos unidas al suelo por grilletes para impedir que se despedazara a sí mismo con ellas. Sabía que contaban la verdad... bien que lo sabía. Lo había descubierto años antes, aunque habían intentado ocultármelo. ¡Ja, ja! Era demasiado astuto para ellos, aunque me consideraran como un loco.
Finalmente llegó la locura y me maravillé de que alguna vez hubiera podido tenerle miedo. Ahora podía entrar en el mundo y reír y gritar con los mejores de entre ellos. Yo sabía que estaba loco, pero ellos ni siquiera lo sospechaban. ¡Solía palmearme a mí mismo de placer al pensar en lo bien que les estaba engañando después de todo lo que me habían señalado y de cómo me habían mirado de soslayo, cuando yo no estaba loco y sólo tenía miedo de que pudiera enloquecer algún día! Y cómo solía reírme de puro placer, cuando estaba a solas, pensando lo bien que guardaba mi secreto y lo rápidamente que mis amables amigos se habrían apartado de mí de haber conocido la verdad. Habría gritado de éxtasis cuando cenaba a solas con algún estruendoso buen amigo pensando en lo pálido que se pondría, y lo rápido que escaparía, al saber que el querido amigo que se sentaba cerca de él, afilando un cuchillo brillante y reluciente, era un loco con toda la capacidad, y la mitad de la voluntad, de hundirlo en su corazón. ¡Ay, era una vida alegre!
Las riquezas fueron mías, la abundancia se derramó sobre mí y alborotaba entre placeres que multiplicaban por mil la conciencia de mi secreto bien guardado. Heredé un patrimonio. La ley, la propia ley de ojos de águila, había sido engañada, y había entregado en las manos de un loco miles de discutidas libras. ¿Dónde estaba el ingenio de los hombres listos de mente sana? ¿Dónde la habilidad de los abogados, ansiosos por descubrir un fallo? La astucia del loco los había superado a todos.
Tenía dinero. ¡Cómo me cortejaban! Lo gastaba profusamente. ¡Cómo me alababan! ¡Cómo se humillaban ante mí aquellos tres hermanos orgullosos y despóticos! ¡Y el anciano padre de cabellos blancos, qué deferencia, qué respeto, qué dedicada amistad, cómo me veneraba! El anciano tenía una hija y los hombres una hermana; y los cinco eran pobres. Yo era rico, y cuando me casé con la joven vi una sonrisa de triunfo en los rostros de sus necesitados parientes, pues pensaban que su plan había funcionado bien y habían ganado el premio. A mí me tocaba sonreír. ¡Sonreír! Reírme a carcajada limpia, arrancarme los cabellos y dar vueltas por el suelo con gritos de gozo. Bien poco se daban cuenta de que la habían casado con un loco.
Pero un momento. De haberlo sabido, ¿la habrían salvado? La felicidad de la hermana contra el oro de su marido. ¡La más ligera pluma lanzada al aire contra la alegre cadena que adornaba mi cuerpo! Pero en una cosa, pese a toda mi astucia, fui engañado. Si no hubiera estado loco, pues aunque los locos tenemos bastante buen ingenio a veces nos confundimos, habría sabido que la joven antes habría preferido que la colocaran rígida y fría en una pesado ataúd de plomo que llegar vestida de novia a mi rica y deslumbrante casa. Habría sabido que su corazón pertenecía a un muchacho de ojos oscuros cuyo nombre le oí pronunciar una vez entre suspiros en uno de sus sueños turbulentos, y que me había sido sacrificada para aliviar la pobreza del hombre anciano de cabellos blancos y de sus soberbios hermanos.
Ahora no recuerdo ni las formas ni los rostros, pero sé que ella era hermosa. Sé que lo era, pues en las noches iluminadas por la luna, cuando me despierto sobresaltado de mi sueno y todo está tranquilo a mi alrededor, veo, de pie e inmóvil en una esquina de esta celda, una figura ligera y desgastada de largos cabellos negros que le caen por el rostro, agitados por un viento que no es de esta tierra, y unos ojos que fijan su mirada en los míos y jamás parpadean o se cierran. ¡Silencio! La sangre se me congela en el corazón cuando escribo esto... ese cuerpo es el de ella; el rostro está muy pálido y los ojos tienen un brillo vidrioso, pero los conozco bien. La figura nunca se mueve; jamás gesticula o habla como las otras que llenan a veces este lugar, pero para mí es mucho más terrible, peor incluso que los espíritus que me tentaban hace muchos años... Ha salido fresca de la tumba, y por eso resulta realmente mortal.
Durante casi un año vi cómo ese rostro se iba volviendo cada vez más pálido; durante casi un año vi las lágrimas que caían rodando por sus dolientes mejillas, y nunca conocí la causa. Sin embargo, finalmente lo descubrí. No podía evitar durante mucho tiempo que me enterara. Ella nunca me había querido; por mi parte, yo nunca pensé que lo hiciera; ella despreciaba mi riqueza y odiaba el esplendor en el que vivía; pero yo no había esperado eso. Ella amaba a otro y a mí jamás se me había ocurrido pensar en tal cosa. Me sobrecogieron unos sentimientos extraños y giraron y giraron en mi cerebro pensamientos que parecían impuestos por algún poder extraño y secreto. No la odiaba, aunque odiaba al muchacho por el que lloraba. Sentía piedad, sí, piedad, por la vida desgraciada a la que la habían condenado sus parientes fríos y egoístas. Sabía que ella no podía vivir mucho tiempo, pero el pensamiento de que antes de su muerte pudiera engendrar algún hijo de destino funesto, que transmitiría la locura a sus descendientes, me decidió. Resolví matarla.
Durante varias semanas pensé en el veneno, y luego en ahogarla, y en el fuego. Era una visión hermosa la de la gran mansión en llamas, y la esposa del loco convirtiéndose en cenizas. Pensé también en la burla de una gran recompensa, y algún hombre cuerdo colgando y mecido por el viento por un acto que no había cometido... ¡y todo por la astucia de un loco! Pensé a menudo en ello, pero finalmente lo abandoné. ¡Ay! ¡El placer de afilar la navaja un día tras otro, sintiendo su borde afilado y pensando en la abertura que podía causar un golpe de su borde delgado y brillante!
Finalmente, los viejos espíritus que antes habían estado conmigo tan a menudo me susurraron al oído que había llegado el momento y pusieron la navaja abierta en mi mano. La sujeté con firmeza, la elevé suavemente desde el lecho y me incliné sobre mi esposa, que yacía dormida. Tenía el rostro enterrado en las manos. Las aparté suavemente y cayeron descuidadamente sobre su pecho. Había estado llorando, pues los rastros de las lágrimas seguían húmedos sobre las mejillas. Su rostro estaba tranquilo y plácido, y mientras lo miraba, una sonrisa tranquila iluminó sus rasgos pálidos. Le puse la mano suavemente en el hombro. Se sobresaltó... había sido tan sólo un sueño pasajero. Me incliné de nuevo hacia delante y ella gritó y despertó.
Un solo movimiento de mi mano y nunca habría vuelto a emitir un grito o sonido. Pero me asusté y retrocedí. Sus ojos estaban fijos en los míos. No sé por qué, pero me acobardaban y asustaban; y gemí ante ellos. Se levantó, sin dejar de mirarme con fijeza. Yo temblaba; tenía la navaja en la mano, pero no podía moverme. Ella se dirigió hacia la puerta. Cuando estaba cerca, se dio la vuelta y apartó los ojos de mi rostro. El encantamiento se deshizo. Di un salto hacia delante y la sujeté por el brazo. Lanzando un grito tras otro, se dejó caer al suelo.
Podría haberla matado sin lucha, pero se había provocado la alarma en la casa. Oí pasos en los escalones. Dejé la cuchilla en el cajón habitual, abrí la puerta y grité en voz alta pidiendo ayuda.
Vinieron, la cogieron y la colocaron en la cama. Permaneció con el conocimiento perdido durante varias horas; y cuando recuperó la vida, la mirada y el habla, había perdido el sentido y desvariaba furiosamente.
Llamamos a varios médicos, hombres importantes que llegaron hasta mi casa en finos carruajes, con hermosos caballos y criados llamativos. Estuvieron junto a su lecho durante semanas. Celebraron una importante reunión y consultaron unos con otros, en voz baja y solemne, en otra habitación. Uno de ellos, el más inteligente y famoso, me llevó con él a un lado y me rogó que me preparara para lo peor. Me dijo que mi esposa estaba loca... ¡a mí, al loco! Permaneció cerca de mí junto a una ventana abierta, mirándome directamente al rostro y dejando una mano sobre mi hombro. Con un pequeño esfuerzo habría podido lanzarlo abajo, a la calle. Habría sido divertido hacerlo, pero mi secreto estaba en juego y dejé que se marchara. Unos días más tarde me dijeron que debía someterla a algunas limitaciones: debía proporcionarle alguien que la cuidara. ¡Me lo pedían a mí!¡Salí al campo abierto, donde nadie pudiera escucharme, y reí hasta que el aire resonó con mis gritos!
Murió al día siguiente. El anciano de cabello blanco la siguió hasta la tumba y los orgullosos hermanos dejaron caer una lágrima sobre el cadáver insensible de aquella cuyos sufrimientos habían considerado con músculos de hierro mientras vivió. Todo aquello alimentaba mi alegría secreta, y reía oculto por el pañuelo blanco que tenía sobre el rostro mientras regresamos cabalgando a casa, hasta que las lágrimas brotaron de mis ojos.
Pero aunque había cumplido mi objetivo, y la había asesinado, me sentí inquieto y perturbado, y pensé que no tardarían mucho en conocer mi secreto. No podía ocultar la alegría y el regocijo salvaje que hervían en mi interior y que cuando estaba a solas, en casa, me hacía dar saltos y batir palmas, dando vueltas y más vueltas en un baile frenético, y gritar en voz muy alta. Cuando salía y veía a las masas atareadas que se apresuraban por la calle, o acudía al teatro y escuchaba el sonido de la música y contemplaba la danza de los demás, sentía tal gozo que me habría precipitado entre ellos y les habría despedazado miembro a miembro, aullando en el éxtasis que me produciría. Pero apretaba los dientes, afirmaba los pies en el suelo y me clavaba las afilada uñas en las manos. Mantenía el secreto y nadie sabía aún que yo era un loco.
Recuerdo, aunque es una de las últimas cosa que puedo recordar, pues ahora la realidad se mezcla con mis sueños, y teniendo tanto que hacer, habiéndome traído siempre aquí tan presurosamente, no me queda tiempo para separar entre lo dos, por la extraña confusión en la que se hallan mezclados... Recuerdo de qué manera finalmente se supo. ¡Ja, ja! Me parece ver ahora sus mirada asustadas, y sentir cómo se apartaban de mí mientras yo hundía mi puño cerrado en sus rostros blancos y luego escapaba como el viento, y los dejaba gritando atrás. Cuando pienso en ello me vuelve la fuerza de un gigante. Miren cómo se curva esta barra de hierro con mis furiosos tirones. Podría romperla como si fuera una ramita, pero sé que detrás hay largas galerías con muchas puertas; no creo que pudiera encontrar el camino entre ellas; y aunque pudiera, sé que allá abajo hay puertas de hierro que están bien cerradas con barras. Saben que he sido un loco astuto, y están orgullosos de tenerme aquí para poder mostrarme.
Veamos, sí, había sido descubierto. Era ya muy tarde y de noche cuando llegué a casa y encontré allí al más orgulloso de los tres orgullosos hermanos, esperando para verme... dijo que por un asunto urgente. Lo recuerdo bien. Odiaba a ese hombre con todo el odio de un loco. Muchas veces mis dedos desearon despedazarlo. Me dijeron que estaba allí y subí presurosamente las escaleras. Tenía que decirme unas palabras. Despedí a los criados. Era tarde y estábamos juntos y a solas... por primera vez.
Al principio aparté cuidadosamente mis ojos de él, pues era consciente de lo que él no podía ni siquiera pensar, y me glorificaba en ese conocimiento: que la luz de la locura brillaba en mis ojos como el fuego. Permanecimos unos minutos sentados en silencio. Finalmente, habló. Mi reciente disipación, y algunos comentarios extraños hechos poco después de la muerte de su hermana, eran un insulto para la memoria de ésta. Uniendo a ello otras muchas circunstancias que al principio habían escapado a su observación, había terminado por pensar que yo no la había tratado bien. Deseaba saber si tenía razón al decir que yo pensaba hacer algún reproche a la memoria de su hermana, faltando con ello al respeto a la familia. Exigía esa explicación por el uniforme que llevaba puesto.
Aquel hombre tenía un nombramiento en el ejército... ¡un nombramiento comprado con mi dinero y con la desgracia de su hermana! Él fue el que más había tramado para insidiar y quedarse con mi riqueza. Él había sido el principal instrumento para obligar a su hermana a casarse conmigo, y bien sabía que el corazón de aquélla pertenecía al piadoso muchacho. ¡Por causa de su uniforme! ¡El uniforme de su degradación! Volví mis ojos hacia él... no pude evitarlo; pero no dije una sola palabra.
Vi que bajo mi mirada se produjo en él un cambio repentino. Era un hombre valiente, pero el color desapareció de su rostro y retrocedió en su silla. Acerqué la mía a la suya; y mientras reía, pues entonces estaba muy alegre, vi cómo se estremecía. Sé que la locura brotaba de mi interior. Sentí miedo de mí mismo.
-Quería usted mucho a su hermana cuando ella vivía -le dije-. Mucho.
Miró con inquietud a su alrededor, y lo vi sujetar con la mano el respaldo de la silla; pero no dije nada.
-Es usted un villano -le dije-. Lo he descubierto. Descubrí sus infernales trampas contra mí; que el corazón de ella estaba puesto en otro cuando usted la obligó a casarse conmigo. Lo sé... lo sé.
De pronto, se levantó de un salto de la silla y blandió en alto, obligándome a retroceder, pues mientras iba hablando procuraba acercarme más a él.
Más que hablar grité, pues sentí que pasiones tumultuosas corrían por mis venas, y los viejos espíritus me susurraban y tentaban para que le sacara el corazón.
-Condenado sea -dije poniéndome en pie y lanzándome sobre él-. Yo la maté. Estoy loco. Acabaré con usted. ¡Sangre, sangre! ¡Tengo que tenerla!
Me hice a un lado para evitar un golpe que, en su terror, me lanzó con la silla, y me enzarcé con él. Produciendo un fuerte estrépito, caímos juntos al suelo y rodamos sobre él.
Fue una buena pelea, pues era un hombre alto y fuerte que luchaba por su vida, y yo un loco poderoso sediento de su destrucción. No había ninguna fuerza igual a la mía, y yo tenía la razón. ¡Sí, la razón, aunque fuera un loco! Cada vez fue debatiéndose menos. Me arrodillé sobre su pecho y le sujeté firmemente la garganta oscura con ambas manos. El rostro se le fue poniendo morado; los ojos se le salían de la cabeza y con la lengua fuera parecía burlarse de mí. Apreté todavía más.
De pronto se abrió la puerta con un fuerte estrépito y entró un grupo de gente, gritándose unos a otros que cogieran al loco.
Mi secreto había sido descubierto y ahora sólo luchaba por mi libertad. Me puse en pie antes de que me tocaran una mano, me lancé entre los asaltantes y me abrí camino con mi fuerte brazo, como si llevara un hacha en la mano y los atacara con ella. Llegué a la puerta, me lancé por el pasamanos y en un instante estaba en la calle.
Corrí veloz y en línea recta, sin que nadie se atreviera a detenerme. Por detrás oía el ruido de unos pies, y redoblé la velocidad. Se fue haciendo más débil en la distancia, hasta que por fin desapareció totalmente; pero yo seguía dando saltos entre los pantanos y riachuelos, por encima de cercas y de muros, con gritos salvajes que escuchaban seres extraños que venían hacia mí por todas partes y aumentaban el sonido hasta que éste horadaba el aire. Iba llevado en los brazos de demonios que corrían sobre el viento, que traspasaban las orillas y los setos, y giraban y giraban a mi alrededor con un ruido y una velocidad que me hacía perder la cabeza, hasta que finalmente me apartaron de ellos con un golpe violento y caí pesadamente sobre el suelo. Al despertar, me encontré aquí, en esta celda gris a la que raras veces llega la luz del sol, y por la que pasa la luna con unos rayos que sólo sirven para mostrar a mi alrededor sombras oscuras, y para que pueda ver esa figura silenciosa en la esquina. Cuando despierto, a veces puedo oír extraños gritos procedentes de partes distantes de este enorme lugar. No sé lo que son; pero no proceden de ese cuerpo pálido, y tampoco ella les presta atención. Pues desde las primeras sombras del ocaso hasta la primera luz de la mañana, esa figura sigue en pie e inmóvil en el mismo lugar, escuchando la música de mi cadena de hierro, y viéndome saltar sobre mi lecho de paja.
FIN

jueves, 17 de mayo de 2012

Carlos Fuentes: "Un encuentro Lejano con Thomas Mann"


UN ENCUENTRO LEJANO CON THOMAS MANN
por Carlos Fuentes
1.
A principios de 1950, acababa de cumplir 21 años cuando llegué a Suiza para
continuar sus estudios, tanto en la Universidad de Ginebra como en el Instituto
de Altos Estudios Internacionales. Trabajaba en la misión de México ante la
Organización Internacional del Trabajo (OIT) y le servía de secretario al
miembro mexicano de la Comisión de Derecho Internacional de la ONU, el
embajador Roberto Córdova. Todo esto le daba a mi arribo en Suiza un tono
sumamente formal. Ginebra, como siempre, era una ciudad muy internacional.
Me hice amigo de estudiantes extranjeros, diplomáticos y periodistas. Conocí a
una bellísima estudiante suiza y me enamoré de ella, pero nuestros encuentros
clandestinos fueron interrumpidos por dos casualidades.
Primero, fui expulsado de la estricta pensión donde vivía en la Rue Emile Jung
por razón de la clandestinidad ya dicha. Segundo, los padres de mi novia le
ordenaron que dejase de frecuentar a un joven proveniente de país oscuro e
incivilizado, cuyos hábitos, según se contaba, comían carne humana.
El día en que mi novia me cortó, me consolé yendo a un cine de la Rue Mollard
a ve la famosa película de Carol Reed, “El tercer hombre”, que en ese
momento era la más grande atracción fílmica en todo el mundo. La
protagonizaba una de las más bellas mujeres que jamás se dejaron ver en la
gran pantalla, Alida Valli (años más tarde mi vecina en San Angel Inn). En “El
tercer hombre”, la Valli era una perfecta máscara de helada sensualidad y ojos
claros, llameantes, vengativos.
Lo más importante, sin embargo, era que en la película actuaba Orson Welles,
cuyo “Ciudadano Kane” yo había visto de niño en Nueva York y que me
impresionó –desde entonces y hasta el día de hoy- como la máxima película
sonora jamás realizada en Hollywood. Su belleza formal, la audacia de su
iluminación, los ángulos de la cámara, la atención al detalle, eran valores todos
que convergían para narrar La Gran Historia Norteamericana. El dinero, cómo
ganarlo y cómo gastarlo. La felicidad, cómo buscarla sin jamás encontrarla. El
poder, cómo alcanzarlo y cómo perderlo. Kane era al mismo tiempo el sueño
americano y su reverso, la pesadilla norteamericana.
Ahora, en el cinema Mollard, Welles emergió de las sombras de los
alcantarillados de Viena como el cínico negociante del crimen, Harry Lime,
quien justificaba sus actividades ilegales con una frase que se hizo
universalmente famosa y que afectaba, directamente, a Suiza.
Italia, dijo Harry Lime-Orson Welles, la tierra de los Médicis, la corrupción y el
asesinato político, había producido a Miguel Ángel. Suiza, el país de la paz, el
orden y las vacas, había producido el reloj de cuco.
No recuerdo cómo fue recibida esta línea por el público ginebrino. Sé que yo
me había mudado de la puritana pensión a una buhardilla bohemia en la Place
du Buorg du Four y desde allí, junto con un condiscípulo holandés, empecé a
explorar el lado oscuro de la tierra de los cucos, la vida nocturna de Ginebra.
En ella abundaban los sub-Harry Lime en cabarés de mala reputación,
prostitutas oxigenadas eternamente sentadas con su perritos “poodle” en el
Café Canónica y un par de lindas bailarinas que el holandés y yo rápidamente
convertimos en amigas íntimas. Mi felicidad se vio un tanto empañada, sin
embargo, cuando perdí una cita sabatina con la bailarina, quien me dio la
respuesta siguiente: “No, el sábado es el día de mi marido”.
Ah, el espectro de Calvino. ¿Ni siquiera las bailarinas de cabaré eran más que
relojes de cuco animados? Después de todo, ¿tendría razón Harry Lime?
Había leído la novela de Joseph Conrad, “Bajo la mirada de Occidente”, antes
de venir a Ginebra. El libro evocaba para mí una ciudad de intriga política,
hormigueante de exiliados rusos y temibles anarquistas. Pero aún en la
atmósfera de imvernadero trágico descrita por Conrad, había una similitud con
la tierra del cuco; la protagonista Sofía Antonovna, le dice al traidor Razumov:
“Recuerda, Razumov, que las mujeres, los niños y los revolucionarios detestan
la ironía”.
¿Pudo haber añadido, y los suizos también? Como mexicano no me gustaban
las generalizaciones sobre mi país o cualquier otro (salvo los Estados Unidos:
soy puro mexicano). Leyendo a Conrad en Ginebra, sólo pude repetir con él
que hay fantasmas vivos así como los hay muertos.
2.
Entonces, en el verano de 1950, fui invitado por unos viejos y queridos amigos
germano-mexicanos, los Wagenecht, a visitarlos a Zúrich. Nunca había estado
en ese ciudad y tenía la idea preconcebida de que era la corona misma de la
prosperidad suiza que tan brutalmente contrastaba con la otra Europa, la
convaleciente de la guerra; Londres sujeta aún a racionamientos de los
artículos básicos; Viena ocupada por las cuatro potencias vencedoras, colonia
bombardeada; Italia, sin calefacción, sus trenes de tercera colmados de
hombres con pantalones raídos cargando maletas atadas con mecates; los
niños recogiendo colillas de cigarros en las calles de Génova, Nápoles, Milán.
Era una bella ciudad, Zúrich. Los dulces días de junio dejaban escapar el
aliento moribundo de mayo y anunciaban el inminente calor de julio. Era difícil
separar al lago del cielo, como si las aguas se hubiesen transformado en aire
puro, y el firmamento en un espejo más del lago. Era imposible resistir el
sentimiento de tranquilidad, dignidad y reserva que hacía resaltar aún más la
belleza física del entorno. Me pregunté, ¿dónde están los gnomos, dónde
tienen escondido el oro, en esta ciudad donde se suponía que los nibelungos
se hacían visibles, vestidos de chaqué y con sombreros de copa, como en las
caricaturas de George Grosz?
He de admitir que mi ironía potencial, bien fundadas en las riberas del lago
Leman, se vino abajo una noche en que mis amigos me invitaron a cenar en el
hotel Baur-au-Lac junto al lago. El restaurante era una balsa, una terraza
flotante sobre el lago. Se llegaba a él por una pasarela. lo iluminaban con
linternas chinas y velas trémulas. Desdoblé mi tiesa servilleta blanca entre el
tintineo apacible de plata y vidrio, levanté la mirada y vi al grupo sentado en la
mesa de al lado.
Tres damas cenaban con un caballero maduro, un hombre de más de 70 años,
tieso y elegante como las servilletas almidonadas, vestido con saco blanco
cruzado e inmaculadas camisa y corbata. Sus dedos largos y delicados
rebanaban un faisán frío con minuciosa cortesía. Aún mientras comía, parecía
envergado como una vela, con una rigidez militar. Su rostro mostraba una
fatiga creciente. Pero el orgullo fijo en sus labios y mandíbulas
desesperadamente trataba de ocultar el cansancio. Sus ojos brillaban con el
fogoso fuego del capricho.
Mientras las luces de carnaval de esa noche de verano en Zúrich jugaban con
luces propias sobre las facciones que al fin reconocí, el rostro de Thomas Mann
era un teatro de emociones calladas, implícitas. Comía y dejaba que las
señoras hablasen; él era, ante mi fascinada mirada, el creador de tiempos y
espacios en los que la soledad es la madre de una belleza poco familiar y
peligrosa, pero también el alma de lo perverso e ilícito.
No supe medir la verdad de mi intuición, esa noche de mi juvenil y distante
encuentro con un autor que, literalmente, había dado forma a los escritores de
mi generación. De “Los Buddenbrook” a las grandes novelas cortas a “La
montaña mágica”, Thomas Mann había sido el amarre más seguro de nuestra
atracción literaria latinoamericana hacia Europa. Porque si Joyce era Irlanda y
la lengua inglesa y Proust, Francia y la lengua francesa, Mann era más que
Alemania y la lengua alemana. Como jóvenes lectores de Broch, Musil,
Schnitzler, Joseph Roth, Kafka, Lernert-Hollenia, sabíamos que la lengua
alemana era algo más que Alemania; era la lengua de Viena y Praga y Zúrich,
y a veces hasta de Trieste y Venecia. Pero era Mann quien las reunía todas
como lenguaje europeo fundado en la imaginación de Europa, algo más que
sus partes. A nuestros jóvenes ojos latinoamericanos, Mann era ya lo que un
día Jacques Derrida habría de llamar la Europa que es lo que ha sido
prometido en nombre de Europa. Mirando esa noche a Mann cenando en
Zúrich, se fundieron para siempre en mi cabeza los dos espacios del espíritu,
Europa y Zúrich. Gracias a este encuentro-desencuentro, esa misma noche
coroné a Zúrich como la verdadera capital de Europa.
3.
Era curioso. Era impertinente. ¿Me atrevería a acercarme a Thomas Mann, yo,
un estudiante mexicano de 21 años con muchas lecturas entre pecho y
espalda, pero con todas las inhabilidades de una sofisticación social e
intelectual muy lejos de mis manos? En un ensayo memorable Susan Sontag
ha recordado cómo ella, aún más joven que yo, penetró el santo de los santos
de la casa de Thomas Mann en Los Ángeles en los años cuarenta y descubrió
que tenía bien poco que decir, pero mucho que observar. Yo no tenía nada que
decir, pero, como Sontag, mucho que observar.
Allí estaba él, la mañana siguiente, en el hotel Dolder donde se hospedaba,
vestido todo de blanco, digno hasta un punto menos que la rigidez, pero con
ojos más alertas y horizontales que la noche anterior. Varios hombres jóvenes
jugaban tenis en las canchas, pero él sólo tenía ojos para uno de ellos, como si
éste fuese el Elegido, el Apolo del deporte blanco. Ciertamente, era un joven
muy bello, de no más de 20 años, 21 acaso; mi propia edad. Mann no podía
quitarle de encima los ojos al muchacho y yo no podía quitarle la mirada a
Mann. Estaba presenciando una escena de “La muerte en Venecia”, sólo que
38 años más tarde, cuando Mann ya no tenía 37 (su edad al escribir la novela
maestra sobre el deseo sexual), sino 75, más viejo aún que el afligido
Aschenbach enamorando de lejos al joven Tadzio en la playa de Lido –donde
20 años de ver a Mann en Zúrich, vi a Luchino Visconti, en compañía de Carlos
Monsiváis, filmar “La muerte en Venecia” con una mujer que asumía todas las
bellezas y todos los deseo, incluso los de la androginia, Silvana Mangano-.
En Zúrich aquella mañana, la situación se repetía, asombrosa, famosa,
dolorosa. El circunspecto hombre de letras, el Premio Nobel de Literatura,
Mann el septuagenario, no podía esconder ni de mí ni de nadie más, su deseo
apasionado por un muchacho de 20 años que jugaba tenis en una cancha del
hotel Dolder una radiante mañana de junio del lejano 1950 en Zúrich. Entonces,
una mujer joven llegó hasta donde se encontraba su padre, pareció regañarlo
cariñosamente, lo obligó a abandonar su apasionada avanzada y regresar con
ella a la vida de todos los días, no sólo la del hotel, sino la de este autor
inmensamente disciplinado cuyos impulsos dionisiacos eran siempre
controlados por el dictado apolíneo de gozar la vida sólo a condición de darle
forma.
Para Mann, lo vi esa mañana, la forma artística precedía a la carne prohibida.
La belleza se encontraba en el arte, no en el prematuro cadáver de nuestros
deseos informes, pasajeros, al cabo corruptos. Fue para mí un momento
dramático, inolvidable: un comentario verdadero sobre la vida y la obra de
Thomas Mann, el arribo de su hija Erika, visiblemente burlona ante las
debilidades eróticas de su padre, suavemente empujándolo de regreso, no al
orden de “cucolandia”, sino al orden del espíritu, de la literatura, de la forma
artística, donde Thomas Mann podía tener el 20 y las chanchas, ser el dueño, y
no el juguete, de sus emociones.
Me senté a almorzar con mis amigos germano-mexicanos en el comedor del
Dolder. El joven que nos sirvió la mesa era el mismo al cual Mann había estado
admirando esa mañana. No había tenido tiempo de bañarse y olía ligeramente
a sudor saludable y deportivo. El capitán de meseros se dirigió,
imperiosamente, a él, Franz, y el muchacho corrió hacia otra mesa.
4.
De manera que había un misterio en Zúrich, algo más que relojes de cuco.
Había ironía. Y rebelión. Había el Café Voltaire y el nacimiento de Dada, en
medio de la más sangrienta guerra jamás librada en suelo europeo. Había
Tristán Tzara pintándole un violín al racionalismo: el pensamiento proviene de
la boca. Y Francis Picabia convirtiendo las tuercas en arte. Zúrich diciéndole a
un mundo hipócrita, decadente y manchado de sangre en las trincheras en aras
de una racionalidad superior: “Todo lo que vemos es falso”. De tan sencilla
premisa, murmurada desde el Café Voltaire por el impertinente Tzara y su
monóculo, surgió la revolución de la vista y el sonido y el humor y el sueño y el
escepticismo que al cabo enterraron la autosatisfacción de la Europa
decimonónica, pero no pudieron enterrar la barbarie por venir. ¿No era aún
Europa, no lo sería jamás, lo que había sido prometido en nombre de Europa?
¿Sería Europa tan sólo la noche y niebla de Treblinka y Dachau? Sólo si
aceptamos que todo lo que vino de Zúrich –Duchamp y los surrealistas, Hans
Richter y Luis Buñuel, Picasso y Max Ernst, Arp, Magritte, Man Ray- no eran lo
que había sido prometido en el nombre de Europa. Pero lo era. Lo que siempre
fue prometido en el nombre de Europa fue la crítica de Europa, la advertencia
contra de Europa contra su propia arrogancia, su complacencia y su confusa
sorpresa cuando al cabo caían los golpes de la adversidad. Fue la advertencia
que hicieron los artistas de Zúrich en 1916. Debería, de nuevo, ser la
advertencia, hoy que los fantasmas del racismo, la xenofobia, el antisemitismo,
y el antiislamismo levantan la cabeza y nos recuerdan las palabras de Conrad
en “Bajo la mirada de Occidente”: “Hay fantasmas de los vivos así como
fantasmas de los muertos”.
¿Quién había visto a estos espectros, quién los había pintado, quién les había
dado horror corpóreo? Otro ciudadano de Zúrich, Fussli, el más grande de los
pintores prerrománticos, Fussli que había encarnado, desde el siglo XVIII,
todos los temas de la noche oscura del alma romántica tal y como lo describió
Mario Praz en su celebrado libro, “La agonía romántica”. Fussli y “La Belleza
Dame Sans Merci”, Fussli y “La Belleza de la Medusa”, Fussli y las
“Metamorfosis de Satanás”, Fussli y la advertencia de André Gide: “No creer en
el Diablo es darle todas las ventajas de sorprendernos”. El agua bautismal del
romanticismo –la belleza de lo horrible- proviene de Fussli, ciudadano de
Zúrich. Las tinieblas desbaratadas por una luz inalcanzable. La alegría del
crimen practicada por el anticuco Harry Lime. El Hombre Fatal y la Mujer Fatal
que han fascinado nuestras imposibles imaginaciones, de Lord Byron a James
Dean, de Salomé a Greta Garbo.
Zúrich, ¿urna de los arquetipos del mundo moderno? ¿Por qué no, desde un
amplísimo punto de mira? James Joyce cantó canciones coloradas en el Café
Terrasse, jugando con las palabras con la anticipatoria alegría de “Ulises”, su
“work in progress”. Lenin asistió asiduamente al Café Odeón antes de partir a
Rusia en un vagón de ferrocarril famosamente sellado. ¿Se conoció la pareja
sólo en la obra de Tom Stoppard, sólo en la memoria de Samuel Beckett? ¿No
caminaron todos estos fantasmas sobre las aguas del lago de Zúrich?
Y sin embargo, para mí, tan deslumbrante como la pintura de Fussli y tan
asombrosas como las bromas de Dada, tan tensamente opuestas como la vida
de Zúrich y las de Joyce y Lenin puedan serlo, es siempre Mann, Thomas
Mann, el buen europeo, el europeo contradictorio, el europeo crítico, quien
regresa a mi emoción y a mi cabeza como la figura que más asocio con la
ciudad de Zúrich.
5.
¿Cuántas veces estuvo allí? ¿Cómo separar a Mann de Zúrich? Qué larga fue
su vida allí, yendo y viniendo de su vida en Kusnacht a sus casas en Erlenbach
y Kilchberg; los lugares de reposo, los sitios del trabajo. Pero también hay que
recordar a Zúrich en las cumbres de la vida de Mann. La visita de 1921, cuando
el autor se atrevió a aumentar a mil marcos sus honorarios por dar una
conferencia. La lectura a los estudiantes, en 1926, de pasajes de “Desorden y
penas tempranas”. La festiva celebración en 1936 de sus 60 años, cuando
Mann escogió a Zúrich no como sitio extranjero, sino como patria para un
alemán de mi condición. Zúrich como antigua sede de cultura germánica, allí
donde lo germánico se junta con lo europeo. La inquietante visita en 1937, al
filo de la noche y niebla nazis, preparando la “Carlota en Weimar” como el
desesperado intento de una nueva “Aufklärung”, una nueva Ilustración,
pasando por alto la negativa de Gerhard Hauptmann de saludarlo con una
filosófica espera de “otros tiempos”, acaso tiempos mejores. Tratando de salvar
a su hijo Klaus Mann del mundo de las drogas, un mundo, escribió, “donde el
esfuerzo moral... no recibe gratitud alguna”.
Y luego el Thomas Mann que regresa a Zúrich después de la guerra y empieza
una actividad incesante, como si la edad y la fatiga no contasen. El cuarto de
hotel en el Baur-au-Lac constantemente invadido por el correo, las solicitudes
de entrevistas, los pedruscos de la gloria en las botas del escritor,
acumulándose hasta constituir un estorbo insoportable. Y el reposo en la
belleza de un muchacho anhelado, la espera de una sola palabra del joven y la
convicción de que nada, nada en este mundo, puede devolverle el poder del
amor a un viejo...
Y cuando, el 15 de agosto de 1955, el trono quedó vacío, yo miré de vuelta
hacia aquel encuentro fortuito en Zúrich durante la primavera de 1950 y escribí:
“Thomas Mann había logrado, a partir de su soledad, el encuentro de la
afinidad anhelada entre el destino personal del autor y el de sus
contemporáneos”. A través de él, yo había imaginado que los productos de su
soledad y de su afinidad se llamarían arte (creado por uno solo) y civilización
(creada por todos). Habló con tanta seguridad, en “La muerte en Venecia”,
acerca de las tareas que le imponían su propio ego y el alma europea que yo,
paralizado por la admiración, lo vi de lejos aquella noche en Zúrich sin poder
imaginar una afinidad comparable en nuestra propia cultura latinoamericana,
donde las exigencias extremas de un continente saqueado, a menudo
silenciado, a menudo también matan las voces del ser y convierten en un
monstruo político hueco la de la sociedad, a veces matándola, o pariendo a un
enano sentimental y, a veces, lastimoso.
No obstante, cuando recordaba mi apasionada lectura de todo lo que Thomas
Mann escribió, de “La sangre de los Walsung” al “Doctor Fausto”, no podía sino
sentir que, a pesar de las vastas diferencias entre su cultura y la nuestra, en
ambas –Europa, la América Latina; Zúrich, la ciudad de México- la literatura al
cabo se afirmaba a sí misma a través de una relación entre los mundos visibles
e invisibles de la narrativa, entre la la nación y la narración. Una novela, dijo
Mann, debería recoger los hilos de muchos destinos humanos en la urdimbre
de una sola idea. El Yo, el Tú y el Nosotros estaban secos y separados por
nuestra falta de imaginación. Entendí estas palabras de Mann y pude unir las
tres personas para escribir, años más tarde, una novela, “La muerte de Artemio
Cruz”.
6.
Entonces los años cincuenta se extraviaron en los sesenta y nos hicimos cargo
de otro ciudadano de Zúrich, Max Frisch y “Yo no soy Stiller”. Nos enteramos
de Friederich Dürrenmatt y su “Visita”. Incluso nos dimos cuenta de que hasta
Jean-Luc Godard era suizo y de que el proverbial cuco estaba tan muerto como
el también proverbial pato anglosajón por el igualmente proverbial clavo
hispánico. Harry Lime salió de las alcantarillas y se volvió gordo y
complaciente, anunciando “wine before its time”. Pues incluso él, Welles, había
sufrido la suerte de Kane, indulgente pero trágico. Acaso dejó trazos de su
inmenso talento en manos de los duros, trágicos, implacables escritores suizos
como Frisch y Dürrenmatt, aquellos que para Harry Lime habían sido ni más ni
menos que relojes de cuco.
7.
Tengo dos finales distintos para mi historia de Zúrich. Uno es más cercano a mi
edad y a mi cultura. Es la imagen del escritor español Jorge Semprún,
republicano y comunista, enviado a edad de 15 años al campo de
concentración nazi de Buchenwald y que, al ser liberado por las tropas aliadas
en 1945, no fue capaz de reconocerse a sí mismo en el joven demacrado,
salvado de la muerte, que no hablaría de su dolorosa experiencia hasta que su
rostro le dijese: “Puedes volver a hablar”.
Lo que hace Semprún en su notable libro, “La escritura o la vida”, es esperar
pacientemente hasta que una vida plena le sea restaurada, aunque le tome
décadas (y se las toma) antes de hablar sobre el horror de los campos.
Entonces, un día en Zúrich, se atreve a entrar a una librería por primera vez
desde de su liberación años atrás y se sorprende mirándose a sí mismo en la
vitrina del comercio. Zúrich le ha devuelto su rostro. No necesita recobrar el
horror. Recuperar el rostro ha bastado para contarnos toda la historia. La vida
de Zúrich le rodea.
El otro final está más cerca de mi propia memoria. Sucedió esa noche de 1950
cuando, sin que él lo supiera, dejé a Thomas Mann saboreando su “demi-tasse”
mientras la medianoche se aproximaba y el restaurante flotante del Baur-au-
Lac se bamboleaba ligeramente y las linternas chinas se iban apagando
lentamente.
Siempre le quedaré agradecido a esa noche en Zúrich por haberme enseñado,
en silencio, que en la literatura sólo se sabe lo que se imagina.
[publicado en el diario El País, España, 24 de junio de 1998]